¿A quién vas a llamar hoy?

Hubo un tiempo en el que bajábamos a la cabina para llamar a alguien.
Y hacíamos cola.
Esperábamos pacientemente a que terminaran de hablar las personas que teníamos delante.
Fuimos testigos de historias de amor.
Vimos cómo empezaban.
Y cómo terminaban.
Cómo las personas se decían el primer te quiero antes de que se agotaran las monedas.
Y el último…
Madres que hablaban con sus hijas.
Mientras acariciaban el teléfono.
Como si les acariciaran a ellas.
Amigas que se llamaban para contarse algo que no podía esperar.
Mientras jugaban a entrelazar sus dedos en aquel cable metalizado.
Hubo un tiempo en el dábamos valor a las llamadas.
Porque éramos testigos de cómo se consumían las monedas.
Hasta el punto de suplicar una a la persona que teníamos detrás porque necesitábamos ese minuto más.
Para decir justo lo que la otra persona necesitaba oír.
Y nosotros decir…
Pedíamos permiso para llamar antes si la llamada era urgente.
Y nos lo daban.
Y pedíamos perdón si habíamos hablado más tiempo del habitual por haber hecho esperar a los demás.
Ya no pedimos perdón.
Ni permiso.
Ya no buscamos monedas sueltas ni nos asomamos desde la ventana a ver si la cabina está libre.
Ya nadie pide a una amiga que le acompañe a llamar por teléfono haciéndola testigo de sus conversaciones.
Y cómplice.
Ya nadie piensa la conversación antes de llamar para que no se le olvide nada antes de que suenen aquellos pitidos que daban por terminada la conversación.
La de palabras que se quedaron en la boca…
Y la de ellas que se escucharon,
a medias.
Ya no quedan cabinas.
Ni aquellas monedas.
Ni esa cuenta atrás para hablarnos.
Pero queda lo más importante.
Las personas.
Así que llama con la ilusión de quien veía la cabina libre.
Con la intensidad de quien sabía que le quedaba un minuto para hablar con el amor de su vida.
Y con los nervios de quien encontraba una moneda en suelo y sabía que significaba oír su voz.
Llama como si en pleno invierno.
Hace treinta años.
Tuvieras tres monedas
y la persona a quien llamar.