Por una Navidad maravillosamente normal

Empezaba a hacer frío.
Pero no era un Diciembre helador.
De hecho, hacía unos días, habíamos estado sentados al sol recuperando la sensación de calor mientras comentábamos que parecía Primavera.
Se notaba un ambiente de celebración.
Gente brindando desde la mañana y unas luces que cada vez se encendían antes porque anochecía a eso de las 18:30h.
Ese año percibí que yo estaba a medias. Que no llegaba ni a la mitad de la emoción que tenía que sentir a esas alturas. Pero me sentía bien. No me había sucedido nada especialmente trágico que frenara mi manera de celebrar.
"Probablemente sea que celebro cada día" pensé sin darle importancia.
Decoré mi casa. 
Me reencontré con amigos. 
Compartí los días más señalados con mi familia, que no siempre la tenía cerca.
Hasta me dormí la noche de Reyes con un cosquilleo en la tripa que me hizo recordar, de manera mucho más sutil, los nervios que no me dejaban conciliar el sueño cuando era pequeña.
Me gustaba pasear por la calles.
Todas iluminadas.
Pero con la sensación de hacerlo una tarde en pleno Marzo...
Me cruzaba con personas que se abrazaban.
Fuerte.
Mucho más que durante todo el año.
Y mi teléfono se llenaba de mensajes parecidos deseándome lo mejor el último día del año.
Como si se tratara de una partida de cartas.
"Hola.
Estas son las tuyas.
Deseo de todo corazón que sean buenas".
Y en un abrir y cerrar de ojos, estaba subiéndome al coche un lunes de Enero camino al trabajo.
Poniendo la radio.
Mirando a mi alrededor.
De izquierda a derecha.
Y viendo cómo aquellas sonrisas de hacía días se habían borrado de la noche a la mañana.
Llegué a mi trabajo.
La primera planta de un edificio donde dentro eres muy grande.
Y fuera, muy pequeño.
Todos comentaban en la máquina de café sus Navidades.
Cada cual más maravillosa.
Y su desasosiego por volver.
Al trabajo.
A su vida...
Llegó mi turno.
Y una compañera me preguntó por la mías.
"¿Y tus Navidades?"
"¿Cómo han sido?"
"Muy normales" le dije sonriendo.
"¿Normales?"
"¡Ay no me digas!"
Recuerdo que hubo quien me acarició la espalda.
A modo de abrazo...
Y justo después, nos pusimos todos a trabajar.
"Se acabó la fiesta", llegué a escuchar en varias reuniones...
Y de camino a casa.
En el coche.
Volvía  pensando...
¿Por qué le damos tan poca importancia a las cosas "normales"?
Mi Navidad había sido maravillosamente normal.
Mi vuelta estaba siendo maravillosamente normal.
Sonreí.
Y subí el volumen de la radio...
Mi vida
seguía
siendo
maravillosamente
normal.